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Cual campamento de refugiados luce en estos momentos la parte exterior del estadio Nou Camp. Ahí están desde muy temprano del domingo los aficionados al equipo, quienes para no perderse su lugar en la final por el ascenso han dejado todo para montar sus tiendas de campaña, aguantando el viento, la insípida lluvia que termina por no caer del todo, el sol incandescente que no perdona a nadie, el calorcito noqueador, el olor a “pazuco” después de horas sin bañarse, la comida balanceada a base de maruchans, dorilocos y tortas de carnita; y soportando hasta los sustos fantasmales de la viejita chimuela que, dicen, se aparece por las madrugadas gritando: “ayyyyy mi Leónnnn”. Todo esto y mucho más tiene que aguantar un aficionado Esmeralda para conseguir una entrada. Pero esto es mucho más que un boleto, es el acceso a la posibilidad de ser testigo de uno de los momentos históricos para la vida del equipo y por ende, para quien pueda estar ahí en ese momento. Quien tenga su boleto podrá contarle alguna vez a sus nietos que: “hubo una mala racha del equipo que duró diez años y me tocó estar ahí en el estadio la noche de un sábado de mayo para ver cómo un grupo de jugadores lograron una histórica hazaña. Ese día abandonamos la Liga de Ascenso y todo lo demás fue lo de menos porque hicimos fiesta en la ciudad ”.
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