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¿POR QUÉ LE VOY AL LEÓN?

 Por el León del Desierto.

 

No nací en León. En realidad, nací en México, D.F., y fui criado en Guadalajara, Jalisco. Así que era más probable recibir influencias para dar mi corazón futbolístico a equipos de ambas ciudades … sin embargo, ni las mexicanísimas Chivas, ni las poderosísimas Águilas de los Ochenta (con Outes, Batata, Tena y Zelada incluidos), vaya, ni siquiera la paternidad del Cruz Azul sobre el León en las finales me hicieron manifestar mi lealtad futbolística hacia tan destacadas instituciones.


Cuando empecé a irle al León (no sé si a los tres o cuatro años de edad: en realidad, desde que tengo uso de razón, sé que le voy al León) el equipo no pasaba por sus mejores momentos, así que me acostumbré a verlo pelear en la parte baja de la tabla, luchando por no descender. (Al lado de equipos como Zacatepec, Jalisco, o el mismísimo Unión de Curtidores, el rival a vencer de siempre). Mientras brillaban en lo más alto el Cruz Azul, los Pumas de Hugo Sánchez y Cabinho, y aún los Tigres del inolvidable Pilar Reyes, Jerónimo Barbadillo, Tomás Boy y su técnico, Carlos Miloc … yo me emocionaba con las atajadas de Héctor Brambila, los heroicos esfuerzos del “Perla” Rodríguez o del “Pollo” Venegas, con las gambetas y destellos ofensivos del “Concho” Rodríguez, y el aporte que hacían jugadores extranjeros como Ademar Benitez, Alberto Jorge o Jorge Buzzo … como podrán ver, este equipo no era precisamente el más espectacular. Y mucho menos con el estilo de juego de “salvarse a como dé lugar” del inolvidable brasileño Gómez Nogueira, eterno apaga-fuegos recurrido por el equipo de mis amores …


Sí, ese era el León de los años setenta, el equipo al cual un buen día decidí seguir, querer, amar … y no hay una buena razón deportiva para haberme definido por mi amado equipo. ¿Tal vez por el lado familiar? Ja, ja, ja …


Mi familia materna no gusta del futbol. Aún mi ilustre abuelito alguna vez me dijo que “el futbol solo es para estúpidos …” Sin embargo … seguí declarándome aficionado al León. ¿O fue la influencia de mi Padre? Tal vez, pues alguna vez, decepcionado por tanta derrota de mis “esmeraldas” y dispuesto a probar suerte con los “Tecos” de la Universidad Autónoma de Guadalajara, me dijo lo siguiente: “Sólo un “villamelón” cambia de equipo”. La verdad es que, aunque desconocía por completo el significado de tan peculiar palabra, entendí que tenía un sentido peyorativo que no debía aplicarse a mi vida, así que, gracias a mi americanista padre, conservé mi lealtad esmeralda. ¿Y mis parientes? Mi familia paterna, la cual me heredó el gusto futbolero, tiene una abrumadora mayoría de seguidores del América, con una minoría importante que gustan de las Chivas Rayadas. Y en ese entorno comencé a preguntarme: “¿y yo?”. No tenía ningún amigo o pariente que hiciera causa común conmigo. Aprendí a gritar los goles de mi equipo, tratando de lograr igualar con mi infantil voz el grito mayoritario de mis primos y tíos americanistas. Y en las derrotas, fui educado para sufrirlas en la más completa soledad por las circunstancias: mis parientes “chivas”, aunque pocos, hacían causa común. Y al contrario: fui blanco de burlas futboleras por ambos bandos. Todavía recuerdo a un querido tío abuelo decirme: “¿le vas al León? ¿y por qué le vas a ese “Pinche” equipo?”.


Después de tratar de reflexionar en el motivo por el cual le voy al León (Aunque este sea un tema tan trivial para muchos, Arrigo Sacchi, prestigiado entrenador italiano, dijo: “el futbol es lo más importante entre las cosas sin importancia”, así que considero que bien vale la pena hacer un pequeño ejercicio de análisis de una afición y un gusto “importante sin importancia”) he llegado a una conclusión: LE VOY AL LEÓN POR QUE ASÍ LO DECIDÍ. LE VOY AL LEÓN POR QUE MI CORAZÓN ASÍ LO DETERMINÓ. PUNTO.


No por resultados deportivos (muchos escogen seguir a un equipo de grandes logros por que en su vida dichos logros no abundan). No por influencia familiar (de hecho, cada que veo un escudo del León, veo en él un monumento al respeto de mi libertad y de mi formación como persona que mi Padre tuvo y tiene de mí: no me obligó a ser americanista). No por un sentido de pertenencia a la tierra que me vio nacer o en la que he hecho mi vida. (Las pocas veces que he estado en León, han sido, en menor medida, por trabajo o para comprar calzado, y en la mayoría de veces … para ir a ese lugar sagrado para mi sentir lúdico que es el “Nou Camp”). LE VOY AL LEÓN POR QUE ASÍ LO DECIDÍ. LE VOY AL LEÓN POR QUE MI CORAZÓN ASÍ LO DETERMINÓ.


Dios está en primer lugar en mi vida, y contrario a muchos aficionados y fanáticos al futbol, yo no pongo a mi equipo de futbol en lo más alto de mis prioridades. (Hay quién dice que su afición por tal o cual equipo es “su religión” o su estilo de vida … respetable la visión de quien compara al Supremo con un equipo de futbol). Sin embargo, debo reconocer que, primero en mi vida decidí irle al León antes que decidir en cuanto a mi fe en Dios. Primero decidí irle al León antes de conocer a la mujer que más amo en mi vida. Aunque el Club Deportivo León (los “panzas verdes”, “la fiera”, los “esmeraldas”, los “lechugueros”) no es lo más importante de mi vida, si ocupa un lugar destacado en mi corazón, y así será hasta el día que yo abandone este mundo para trascender hacía un lugar mejor.


LE VOY AL LEÓN POR QUE ASÍ LO DECIDÍ. LE VOY AL LEÓN POR QUE MI CORAZÓN ASÍ LO DETERMINÓ. Y estoy contento por ello. Estoy seguro que la gente que me conoce (cuya mayoría no es oriunda de León) sabe que algo que me identifica es mi afición nunca negada por el León. Y cierto y seguro estoy que, si por casualidad, llegan a escuchar alguna noticia relacionada con el equipo de mis amores, se acordarán de mí.

LE VOY AL LEÓN POR QUE ASÍ LO DECIDÍ. LE VOY AL LEÓN POR QUE MI CORAZÓN ASÍ LO DETERMINÓ. Y seguiré fiel a mi afición a pesar de las derrotas y las decepciones. A pesar de la dolorosa derrota contra los Indios por el ansiado ascenso. A pesar del doloroso descalabro en la final contra el Cruz Azul y Comizzo. A pesar del terrible dolor del descenso a manos de los Tiburones Rojos del Veracruz.


Tengo la esperanza de revivir el grito ahogado de “goooool” festejando al igual que lo hice cuando vi por vez primera a mi equipo en una liguilla por el título (Contra la U de G del “Vikingo” Dávalos en 1982), cuando me emocioné con los goles del primer ascenso en 1989 en contra del Inter de Tijuana, cuando grité a los cuatro vientos el gran gol de Carlos Turrubiates contra el Puebla, dándome el privilegio de ver algo que alguna vez creí imposible: ver campeón al León. Anclado en esta esperanza grito con todo mi corazón:
 

ARRIBA EL LEÓN, ARRIBA EL LEÓN, ARRIBA EL LEÓN …
QUE UN DÍA VOLVERÉ A VERTE CAMPEÓN!!

 

Guadalajara, Jalisco. Enero 15, 2010.
Ing. Jorge Lozano Gama. (El León del Desierto)
 


 

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